Alguien por ahí

lunes, 7 de febrero de 2022

Eli Rodríguez Poesía: Decálogo

 

Decálogo Stanley Cohen de la  teoría del pánico moral


I

Primero aplican la acción del miedo y la confusión para enrarecer el ambiente. 

II

 el Estado genera el pánico

III

Se pide la presencia del Estado

IV

Se insiste en  restablecer el orden.

V

El Estado entra con el ejército y el poder judicial

VI

se instalan como salvadores

VII

se justifica la militarización

VIII

y en nombre de la paz

IX

se acaba con la protesta 

….......
….......
….......

pero la gente

sale a la calle. 











sábado, 13 de noviembre de 2021

Eli Rodríguez Poesìa: Autorías

 


 

Genero

autorías

grafismos

imágenes

crujo

en el papel

de 64 kg.

Escribo

para rozar

la hebra

de hembra

que vive

en mis venas.

viernes, 12 de noviembre de 2021

Eli Rodríguez: Relato para niños - En esas luces mi piel

 

 

 En esas luces mi piel

Al entrar mis ojos se perdían en el polvo que dejaban caer los abrazos en los sacos
apolillados de los tíos mientras las mujeres rodeaban a la abuela. Estaba velando a su negro viejo con sus motitas blancas. El velatorio era en la casa donde los domingos almorzábamos pastas con tuco. La mesa había sido ocupada por una caja de madera hecha de apuro. Entre vivos sabores de laurel estaba el abuelo Hugo. Murió en sus tiendas, aunque sabíamos, que no le gustaba estar entre esas flores. ¡Eran un asco!
El primo Markitos repetía que, cuando fuese grande, sería el mejor repique, mientras movía los dedos sobre un taurete. También nos dijo que se había dado cuenta de que el abuelo estaba quieto, solo, si lo mirábamos.
Éramos una familia grande. El abuelo nos contó que la bisabuela había sido esclavizada y que andábamos por la vida con un apellido que no era el nuestro.

En el patio recordaban el día que había hecho un asado utilizando, como brasa, un poste de luz. Lo colocó horizontal y lo iba corriendo a medida que se quemaba mientras festejaba que había leña para rato. Cerca del medio tanque, con restos de carbón, estaba el limonero, sagrado para él, también, tenía la Espada de San Jorge ubicada en la puerta de entrada a la cocina y medio flacucha, perdida en el patio, la Planta del dólar.
La abuela era una mujer introvertida. Había forjado su niñez con unos patrones muy severos y antojadizos, donde sus padres habían sido los caseros de toda la vida, pero ella se casó y se fue. Ese modo, reservado, era una manera de sobrevivir porque era difícil servir en un mundo de punta en blanco... En cambio, el abuelo era musical, decía que si estábamos tristes escuchásemos música. Siempre andaba tarareando un candombe.
Le dije a Markitos que me acompañara con un ritmo, que tocó en la mesada de la cocina, porque iba a cantar un tanguito. Tanguito, que me había dicho el abuelo Hugo, que entonaba el bisabuelo en los carnavales:


"En esas luces voy yendo
en esas luces mi piel
camino y me voy diciendo
quien vive solo para él
su almita vive sufriendo."


Una vecina, a la que llamábamos "la pulguita", nos decía que éramos unos atrevidos y que nos portásemos bien para que Don Hugo fuera al cielo en paz. A nosotros no nos gustaba nada que fuera al cielo. Nos sonaba a una frase repetida, casi sin gracia.
Aceptarla era como decir que perdimos una pantalla de un juego porque el wifi se
desconectó.

El abuelo era pasión pura, para él era más interesante pintar una pancarta, o escuchar a Pedrito Ferreira que estar en ese gran espacio del firmamento. ¡Figúrense! Era selecto para la amistad, no lo imaginamos con un grupo de angelitos desconocidos mirando al zenit. Esa actitud le fastidiaría porque opinaba que cuando uno hablaba tenía que mirar a los ojos.

De repente Markitos gritó: ¿oyeron? Y se sintió: ¡Dejen de llevar los limones! Saltaron de bolsos, bolsillo y chaquetas. Rodaron por el piso. Todos miramos al cajón y estaba con los ojos cerrados. Nos quedamos tranquilos, porque nos parecía sentirlo diciéndonos que no nos complicáramos y que deberíamos tener más humor. Ahí, te daba una perorata sobre Julio E. Suárez. Recuerdo que nos dio un papel amarillento escrito de su puño y letra guardado como un billete donde se leía: lo que pasa con un humorista es que, vive fuera de los convencionalismos... Y lo volvió a doblar, diciéndonos que teníamos que comer y que, el final, lo leeríamos otro día.
Llegaba el tiempo despedirnos, nos tropezamos al bajar los escalones con un aroma a crisantemos en el fondo de las fosas nasales. Fue un quilombo. Me palpitaban las palabras. Volví para atrás. Busqué la billetera del abuelo que estaba en la mesa de luz y nos fuimos junto a la abuela. Envuelta en sonidos, leí la notita que terminaba “aquella frase”... el humorista ve las cosas en paños menores aún en los momentos de mayor dramatismo.

domingo, 10 de octubre de 2021

Eli Rodríguez Poesía: Una publicación

Huir para volver  en la disfonías de voces y papeles.  Distanciar la intimidad 

que en el presente perpetuo mira el mar.  Volver al recuerdo eterno  del ser de aire  que desvanecido  toma el tiempo de preguntar  peinados de sal en las manos.





miércoles, 26 de mayo de 2021

Eli Rodríguez Poesía: El libro

 

I

¿Dónde encontrar la palabra 

tierra, negro, cantegril?

Cuando las vi escritas 

formaban versos o párrafos 

y se imponían sin oírlas 

eran presencia de voces

entre objetos.

 

II

Mis ojos están nublados y las letras no están en su sitio

 paso las páginas y los autores ponen sus firmas. 

Unas veces en mujeres escondidas

 en papeles o en rollos

otras en anaqueles que vienen del mar.

 

III

Hay autores 

que no habían existido 

—pero eran nuestra referencia—

y en ritmos libres

comienzan en finales

que los lectores desconocen.

Se vuelven heroicos

como hojas o cartones

o al nombrar a Chagas

o a Beatriz Santos.

Algunos eran artesanales 

y de todas las cepas

eran otros

al margen de la ciudad letrada. 

 

IV 


¿Dónde está la palabra 

Marimbondo o Poetas Emergentes?

¿Quién los fotografió en un álbum

de alta precisión?

¿Dónde está Tinta?

 V

 

La palabra libre eran cadenas de graviola. Se bebían en tizanas como lo que jamás 

sucedió. Eran silencio.  Hay libros que tienen palabras presas con una esperanza errática.

No son autobiográficos, pero narran el olvido.